
Cuenta la leyenda que el rey Midas gobernaba con poder y abundancia, pero quería más. Un día, los dioses le concedieron un deseo, y él pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Al principio fue un milagro: ramas, piedras, fuentes… todo brillaba con su toque. Pero pronto el don se volvió castigo. La comida se volvía metal en su boca, y cuando abrazó a su hija, ella también se convirtió en una estatua dorada. Midas, desesperado, rogó que le quitaran ese poder. Había entendido tarde que no se puede vivir donde nada es real, donde todo es solo valor.
Nosotros, como seres humanos —o como dicen algunos filósofos, “animales sociables”—, somos una de las criaturas más privilegiadas del universo. Tenemos inteligencia, consciencia, contamos historias, nos expresamos, nos comunicamos. En el fondo, cada ser humano, casi por completo, tiene esa capacidad de ser un rey en esencia. Pero el problema aparece cuando nos dejamos encandilar por el oro. El oro no es solo un metal: es deseo, es símbolo, es un valor social e histórico. De todas las cosas que pudo pedir Midas, eligió convertir todo en oro. Su tragedia no fue solo el deseo cumplido, sino que nunca pensó en nada que fuese más allá de su propio deseo de satisfacerse, su individualismo.
Cuando vemos la palabra oro, en el fondo nos situamos con las mismas motivaciones que el rey Midas. Lo vemos como una riqueza que nos dará poder o nos mantendrá en él. Pero si lo analizas de otra forma, el oro acá se convierte en lo que le roba la esencia a las cosas. Él quiso convertir las plantas en oro… pero una planta de oro no da frutos. La comida, si se vuelve oro, pierde su esencia: no se puede comer, aunque valga millones.
De algún modo, hemos aprendido a transformar todo lo humano en algo útil, medible o compartible. Lo que antes se vivía, ahora se publica. Lo que se sentía, ahora se filtra. Las ideas se usan para ganar discusiones, los cuerpos se muestran como producto, las emociones se editan, y las relaciones se valoran según cuánta atención generan. Nos volvimos expertos en tocarlo todo… para cambiarlo. Pero al hacerlo, muchas veces dejamos de habitarlo.
Vivimos en la era del toque de Midas digital. Pero, como él, pagamos un precio. Ya no podemos tocar la vida sin filtrarla.
El problema no es que algo se vuelva valioso, sino que, en ese proceso, deje de ser tocable, vivible, humano. Midas no podía comer, abrazar, ni amar. Su don lo aisló. El brillo era inmenso, pero el silencio lo era más.
Porque la planta, si se convierte en oro, deja de crecer.
La risa, si se vuelve meme, pierde el calor.
El silencio, si se llena de productividad, deja de ser refugio.
Quizá el antídoto esté en volver a mirar sin convertir. Volver a tocar sin transformar.
Permitir, simplemente, que las cosas sean.
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