
En la Urbanización Beatriz, del estado Trujillo, existían unos tanques de gas junto a cada edificio. Dentro del colectivo popular, se decía que si esos tanques recibían un impacto, podían explotar. De niños, nos pedían que no nos acercáramos a ellos.
Una mañana de jueves, cuando todo parecía normal, Nubia estaba en su casa, en el bloque 42 de La Beatriz. Como de costumbre, lavaba primero los platos, mientras la lavadora trabajaba sola. Luego, tendería la ropa en la parte trasera del apartamento, para aprovechar al máximo la luz del sol.
Su perrita Cachita —un poodle blanco de unos siete años— solía acompañarla, ya fuera jugando cerca de ella o dormida a pocos pasos.
Su hijo, Chicho, de 14 años, no tenía clases ese día. Había sacado buenas notas los últimos meses, así que Nubia decidió dejarlo dormir un poco más. Sabía lo pesado que era su sueño. Siempre decía en broma:
“Puede venir el Apocalipsis, llevarse a todos, ¡y usted ni se inmuta!”
Pasó más de media hora, cuando un estruendo sacudió el ambiente. Nubia escuchó dos o tres gritos que la alarmaron. Corrió a ver qué ocurría, cerrando la puerta tras de sí para que la perrita no saliera corriendo. Le preocupaba su tamaño, y aún recordaba el susto que le dio el perro grande del vecino, que aunque no era agresivo, un día la hizo temblar.
Cuando salió, vio gente corriendo con las manos en la cabeza. Desde el tercer piso, una vecina gritaba:
—¡Llamen a los bomberos! ¡Llamen a los bomberos!
El vecino del frente, más sereno, sacaba a sus dos hijos de la casa con calma. Nubia logró ver lo que ocurría: un hombre, en un Fiat Uno, había chocado contra una bombona de gas del edificio. El tipo venía amanecido, con la cara hinchada y olor a trago desde la noche anterior. Apenas bajó del auto, cayó al piso, mientras otro vecino intentaba arrastrarlo fuera del lugar.
Todo era caos.
Nubia no lo pensó dos veces. Salió corriendo. En medio del alboroto, se cruzó con Sakira, su amiga del edificio de enfrente, con quien siempre hablaba en el mercado.
—¡Nubia! —le gritó— ¿No se te olvida algo?
—¡Verdad! —gritó, y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Pasó entre la gente que corría en sentido contrario, abrió la puerta de su casa y fue directo al baño. Allí estaba Cachita, temblando. La cargó en brazos y salió con la misma rapidez con la que entró.
Sakira, al verla afuera con la perrita, le dijo:
—Nubia… me refería a Chicho, no a la perrita.
Nubia se quedó pasmada.
—¡Dios mío, qué espalomada soy! —exclamó.
Volvió a correr a su casa y desde afuera gritaba:
—¡Chichooo! ¡Salga que va a explotar el edificio!
Chicho, aún medio dormido, alcanzó a reaccionar. Se asomó y luego salió.
Por suerte, los bomberos llegaron rápido. Estaban a solo unos minutos del edificio y lograron controlar la situación sin que hubiera una explosión.
Ya más tranquilos, mientras Nubia trataba de recuperar el aliento, Chicho la miró con cara seria:
—Mamá… ¿usted me iba a dejar en el cuarto?
Ella lo miró y, sin pestañear, le respondió:
—¡No, hijo! ¿Cómo se le ocurre? ¡En lo primero que pensé fue en usted!
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Comments (1)
El silencio de Mandela – Pablex2.0says:
8 de julio de 2025 at 12:02[…] Primero lo más importante […]